Entre incienso y oraciones, miles de fieles recorrieron las calles del Centro Histórico para recibir la bendición en el inicio solemne de la Semana Santa, acompañando las procesiones de Jesús Nazareno de los Milagros y Jesús de las Palmas.
Ciudad de Guatemala — Bajo el sol suave de la mañana, y con el aroma inconfundible del corozo mezclado con incienso, el Centro Histórico volvió a convertirse en epicentro de la fe católica con la celebración del Domingo de Ramos. Las imágenes de Jesús Nazareno de los Milagros y Jesús Nazareno de las Palmas recorrieron las calles de la zona 1, marcando el inicio oficial de la Semana Santa, una de las tradiciones religiosas más arraigadas y representativas del país.
Desde muy temprano, cientos de fieles acudieron a los templos portando ramos de palma para ser bendecidos, replicando el gesto simbólico con el que, según los evangelios, el pueblo de Jerusalén recibió a Jesús en su entrada triunfal. Esta jornada, que combina recogimiento espiritual con una expresiva riqueza cultural y artística, transformó las calles en un escenario de devoción viva.
Un cortejo que fusiona fe y simbolismo
La imagen de Jesús Nazareno de los Milagros, conocida como el Rey del Universo, salió de la Catedral Metropolitana con su imponente figura de estilo barroco, atribuida al escultor colonial Alonso de la Paz y Toledo. Su rostro doloroso y mirada serena invitan al recogimiento y a la meditación del sufrimiento de Cristo en el camino al Gólgota.
Este año, la alegoría del anda llevó por nombre «De Jesús es: Yo hago nuevas todas las cosas». En su estructura, Adán y Eva precedían la figura central, representada en una fuente con Jesús como manantial de vida, mientras que el Alfa y el Omega cerraban la escena, aludiendo al principio y fin de todo. Junto a la Virgen Dolorosa, también fueron representadas Santa Rosa, Santa Rita y Santa Catalina, mujeres santas que experimentaron en carne propia el dolor, el sacrificio y la fe inquebrantable.
Jesús de las Palmas: una entrada simbólica que revive cada año
Simultáneamente, desde el templo de San Miguel de Capuchinas, partió la procesión de Jesús Nazareno de las Palmas, una representación que recuerda la entrada de Jesús a Jerusalén, montado sobre un asno y aclamado por el pueblo con palmas y cantos de «¡Hosanna!».
Este cortejo se distingue por un elemento muy característico: el acompañamiento de un escuadrón de palestinos, quienes, junto a las esculturas de los doce apóstoles, dan vida al relato bíblico. El anda, portada sobre los hombros de devotos cargadores, comenzó su recorrido a las 7 de la mañana, avanzando lentamente entre las calles del casco histórico, adornadas con alfombras y pétalos que eran lanzados desde balcones por familias enteras.
Durante el trayecto, el ambiente se llenó de música sacra, oraciones y hasta fuegos artificiales, que añadieron un toque festivo a la solemnidad de la escena.
Una tradición con raíces milenarias
El Domingo de Ramos tiene una carga simbólica que va más allá del acto procesional. Se celebra una semana antes del Domingo de Resurrección y rememora el momento en que Jesús fue aclamado como el Mesías al entrar en Jerusalén, un hecho relatado en los cuatro evangelios canónicos.
Históricamente, esta fecha se ha observado desde el siglo IV en Jerusalén, donde los fieles realizaban peregrinaciones al Monte de los Olivos y al Templo de la Resurrección, llevando palmas y ramas de olivo en procesión. La tradición se expandió a Europa y América con la llegada del cristianismo, y en países como Guatemala, adquirió características propias gracias al mestizaje cultural y a la creatividad popular.
En el contexto guatemalteco, el Domingo de Ramos no solo representa el inicio litúrgico de la Semana Santa, sino que también da paso a una manifestación de arte efímero y devoción colectiva, donde el sincretismo, el silencio, el incienso y la esperanza se entrelazan con una profunda identidad nacional.


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