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Más que un tamal: El profundo significado del 2 de febrero y la Virgen de Candelaria en Guatemala

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Si hoy el aroma a hoja de mashán, salsa de tomate y masa de maíz inunda las cocinas de Escuintla y de toda Guatemala, no es casualidad. El 2 de febrero es una fecha marcada en rojo (o mejor dicho, en colorado de recado) en nuestro calendario. Es el día en que cobramos —o pagamos— la deuda de honor adquirida el Día de Reyes. Pero más allá de la deliciosa «multa» gastronómica de los tamales, la celebración de la Virgen de Candelaria encierra una historia fascinante de fe, sincretismo y raíces mayas que define nuestra identidad chapina.

Hoy desenterramos el origen de esta fiesta y explicamos por qué, siglos después, seguimos reuniéndonos alrededor de una olla de tamales.

De Jerusalén a Escuintla: El origen religioso

Para entender esta fiesta, debemos viajar mucho antes de la época colonial. Litúrgicamente, el 2 de febrero marca exactamente 40 días después de la Navidad. Según la ley judía del Antiguo Testamento, este era el tiempo necesario para que una madre se purificara después de dar a luz a un varón y pudiera volver a entrar al templo.

Por ello, la Iglesia Católica celebra hoy dos acontecimientos en uno:

  1. La Purificación de la Virgen María.
  2. La Presentación del Niño Jesús en el Templo.

El nombre de «Candelaria» proviene del encuentro bíblico con el anciano Simeón, quien al ver al niño Jesús en el templo lo llamó «luz para iluminar a las naciones». De esa «luz» nacen las candelas o velas que se bendicen este día y que dan nombre a la Virgen. En nuestro departamento, esta devoción tiene un arraigo especial, siendo la Virgen de Candelaria la patrona del municipio de Masagua, donde la feria y las procesiones son un testimonio vivo de esta fe que ilumina a la región.

El maíz: El verdadero protagonista del sincretismo

Pero, ¿qué tienen que ver los tamales con todo esto? Aquí es donde la historia se vuelve puramente nuestra.

Cuando los evangelizadores españoles llegaron a tierras mesoamericanas, se encontraron con que los pueblos originarios ya tenían una celebración muy importante en estas mismas fechas. El inicio de febrero coincidía con el comienzo del ciclo agrícola y la temporada de siembra.

Para los antiguos mayas (y sus descendientes), el maíz no es solo un cultivo; es la base de la vida, el material sagrado del que, según el Popol Vuh, fueron hechos los hombres. En estas fechas, se bendecían las mazorcas que servirían de semilla para la próxima siembra y se rendía tributo a los dioses de la lluvia y la fertilidad con ofrendas de maíz.

Los frailes, en un esfuerzo por evangelizar, fusionaron ambas tradiciones. Sustituyeron las ofrendas a los dioses prehispánicos por la celebración de la Virgen, pero permitieron que el maíz siguiera siendo el centro de la fiesta. Así, el tamal pasó de ser una ofrenda ritual para la tierra a convertirse en el plato festivo para celebrar a la Virgen y al Niño Dios. Comer tamales hoy es, en esencia, un acto de comunión con nuestra historia milenaria y una petición de prosperidad para el año que empieza.

La deuda de la Rosca de Reyes: Un compadrazgo moderno

En la actualidad, la tradición ha evolucionado hacia un compromiso social y familiar muy divertido. La dinámica comienza el 6 de enero con la Rosca de Reyes. Aquel afortunado (o desafortunado, según se vea) que encuentra la figura del «Niño» en su pedazo de rosca, se convierte automáticamente en el padrino o madrina del Niño Dios.

Este «padrinazgo» conlleva dos responsabilidades principales para el 2 de febrero:

  1. Vestir al Niño Dios: En muchos hogares devotos, se acostumbra vestir la imagen del Niño Jesús con ropajes nuevos y llevarla a la iglesia para ser bendecida, sentándolo en una silla o trono especial.
  2. La «Tamaliza»: El padrino debe invitar a los amigos y familiares a comer tamales. Es una forma de compartir la abundancia y «levantar» al Niño del pesebre, cerrando oficialmente el ciclo navideño.

Una tradición que nos une

En un mundo que cambia a la velocidad de la luz, mantener vivas estas tradiciones es un acto de resistencia cultural. Ya sea que prefieras el tamal colorado, el negro, el de chipilín o los paches; ya sea que asistas a la misa patronal en Masagua o simplemente te reúnas con compañeros de trabajo para almorzar, el Día de la Candelaria nos recuerda la importancia de compartir.

Hoy en El Escuintleco celebramos no solo a la Virgen, sino a cada abuela, madre y cocinera que desde la madrugada ha estado preparando la masa y las hojas para que nosotros podamos disfrutar de este manjar. Porque en Guatemala, no hay fiesta sin comida, y no hay 2 de febrero sin un buen tamal en la mesa.

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