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Crónica desde el sector 11: lujo, tensión y control en el corazón del Centro Preventivo para Varones de la zona 18

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Foto: Vía AGN.gt
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Televisores, consolas de videojuegos, aires acondicionados, una piscina artesanal y armas ocultas. Eso fue lo que hallaron las autoridades dentro del sector 11 del Centro Preventivo para Varones de la zona 18 durante la tensa megarrequisa de hoy.

El operativo dejó un saldo de tres reclusos heridos y reveló un retrato inquietante del poder criminal dentro de las cárceles del país.

Guatemala, Ciudad – A las seis en punto de la mañana de este martes de junio, el silencio espeso que suele cubrir las primeras horas del día en la zona 18 fue roto por el sonido metálico de botas golpeando el pavimento. Más de mil agentes de la Policía Nacional Civil (PNC), reforzados por unidades especiales, rodeaban con precisión quirúrgica el Centro Preventivo para Varones. La misión estaba clara: ingresar al sector 11, uno de los más temidos, y limpiar la casa.

Lo que nadie imaginó, o tal vez sí, pero nadie había querido ver con tanta claridad, era el mundo paralelo que habitaba dentro de los muros de ese pabellón. En lo que debía ser un espacio de privación de libertad, los privados de libertad vivían entre comodidades dignas de un resort clandestino. Veintinueve televisores, dos consolas Xbox, una refrigeradora, un aire acondicionado, y hasta una piscina artesanal fabricada entre paredes húmedas y pisos manchados por la humedad del encierro.

Inicia la tensión

La tensión empezó temprano. A las 6:45, apenas los primeros grupos policiales intentaban cruzar los pasillos, una lluvia de piedras, palos y objetos contundentes cayó sobre ellos. Los reclusos, mayoritariamente integrantes de la pandilla del Barrio 18, se defendían con furia, como si protegieran no solo sus lujos, sino un sistema de poder que habían consolidado con paciencia y violencia.

El director de la PNC, David Custodio Boteo, no se quedó atrás. Vestido con chaleco antibalas, entró personalmente al sector una vez que se recuperó el control, como quien pisa un terreno reconquistado. Detrás de él, agentes especializados rastreaban cada rincón en busca de teléfonos, drogas, armas y cualquier indicio de estructuras criminales activas desde adentro. Y encontraron mucho más que eso.

Dos pistolas, una robada en Santa Rosa el año anterior. Veintinueve televisores. Cuarenta y cuatro bocinas. Tres teatros en casa. Una computadora. Un barreno. Ocho ventiladores. Cuchillos, tijeras, encendedores. Todo eso en manos de quienes, supuestamente, no debían tener acceso a electricidad, más que la estrictamente necesaria.

Mientras tanto, afuera, el ministro de Gobernación, Francisco Jiménez, publicaba en redes sociales un mensaje tan breve como contundente: “Toda acción tiene una reacción. Nuestra prioridad es proteger a la población. ¿Quedó claro?”

Adentro, el gas lacrimógeno aún flotaba en el aire como un testigo mudo de la batalla. Tres reclusos resultaron heridos durante el enfrentamiento inicial y fueron trasladados al hospital Roosevelt, custodiados por agentes con mirada de plomo.

La operación se extendió por más de seis horas. Lo hallado fue retirado con cuidado, como si se tratara de evidencias de una vida paralela e inaceptable. Una vida que se construyó bajo la sombra de la impunidad, y que hoy, al menos por un momento, fue expuesta al sol.

“Esto no es solo una requisa. Es el inicio de una guerra contra las estructuras que se han apoderado de nuestras cárceles”, declaró el viceministro de Seguridad, Pablo Portillo, en medio de los muros desconchados del penal.

Al caer la tarde, cuando el operativo fue dado por concluido, los escombros de aquel mundo de privilegios quedaron detrás. Pero la pregunta se mantenía flotando en el aire, como el eco de los gritos y el silbido de los gases: ¿cómo fue posible construir tanto poder desde dentro?

El sector 11, hoy más vacío y más vigilado, no olvidará lo vivido. Ni tampoco quienes aún creen que los muros pueden contener el crimen. Porque lo de este martes no fue una simple requisa. Fue un golpe al corazón de una verdad incómoda: que el Estado había perdido el control… y que ahora intenta recuperarlo, a fuerza de gas, botas, y decisión.

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